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Equipo Infinito.



miércoles, 14 de julio de 2010

Más Fantasmas a Bordo


Si te gustó “Fantasmas a bordo“, aquí hay algo mas para leer:

-El transatlántico encantado

El Great Eastern fue con diferencia el barco más grande de su época. Diseñado por el ingeniero Isambard Brunel para transportar a nada menos que 4000 pasajeros entre Inglaterra y Australia, medía más de 200 metros de largo y 25 de ancho y desplazaba unas 32000 toneladas. Sus artífices lograron completar con éxito el desafío que suponía la construcción de un navío de estas características en pleno siglo XIX. Sin embargo, no pudieron evitar que naciese tocado por la mala suerte.

La racha de accidentes y desgracias que rodearon al Great Eastern comenzó ya en los astilleros de Mirwall (Londres), mientras el sueño de Brunel se convertía en una sólida realidad de hierro y acero. El primero (y según la leyenda la causa de los demás) fue la desaparición de uno de los operarios, un remachador, mientras trabajaba en el interior del coloso. A pesar de que se le buscó con ahínco nadie encontró rastro de él.

Desde aquel momento, y durante los 27 años de vida útil del navío, retumbó por su casco el misterioso sonido de unos martillazos de procedencia desconocida que se iban y volvían en determinadas ocasiones, según afirmaron varios testigos, entre ellos uno de los capitanes del barco.

Su viaje de prueba, que tuvo lugar en 1859 terminó en tragedia al estallar una de las calderas matando a cinco personas. Brunel, que arrastraba unos problemas de salud, moría a los pocos días de enterarse de la noticia. Unos años antes el otro promotor del proyecto, el constructor del barco, John Scott Russell había dado en quiebra.

La posterior existencia del buque tampoco sería demasiado afortunada. Todas sus travesías estarían marcadas por los retrasos, las tormentas y los accidentes, el más grave la colisión contra un escollo sumergido cerca de Nueva York. Dado que nunca logró llenar las 4000 plazas del pasaje, la compañía propietaria, ahogada por las deudas, se vio obligada en 1864 a malvenderlo a cambio de una cantidad irrisoria.

El navío fue empleado a partir de entonces para tareas no relacionadas con el transporte de pasajeros. En 1865 se le reutilizó como carguero durante las operaciones de tendido del primer cable transoceánico. Su participación en la empresa fue tan accidentada como el resto de su trayectoria.

Finalmente, en 1885 fue remolcado a los astilleros de Liverpool (trayecto durante el cual casi se hunde) para ser desmantelado, tras llegar sus dueños a la conclusión de que valía más a trozos que entero. Pero el Great Eastern aún guardaba una pequeña sorpresa en su interior. Se dice que en 1889 los operarios que trabajaban desguazando el gigante de hierro encontraron un esqueleto emparedado entre dos de los cascos de la nave. Junto a él, una bolsa de herramientas oxidadas y otra con remaches metálicos.

El emparedamiento del remachador explica para la leyenda la fatal maldición que persiguió al Great Eastern. No habría que olvidar tampoco el hecho de que el diseño, la construcción y el manejo de un barco de su tamaño no tenían precedentes, por lo que es probable que no todo funcionase como se había imaginado al principio.

-Apariciones providenciales

Ni siquiera la muerte es capaz de impedir la proverbial solidaridad entre marineros, eso parecen decirnos las historias en las que navegantes de antaño regresan momentáneamente para ayudar a un colega metido en apuros.

Joshua Slocum fue el primer hombre en circunnavegar el globo en solitario. Durante su viaje, realizado entre 1895 y 1898 a bordo de un balandro llamado Spray, tuvo la suerte de experimentar este compañerismo de ultratumba, según él mismo cuenta en el libro que escribió narrando sus aventuras.

Tras darse un atracón de ciruelas y queso en mal estado, cayó enfermo, llegando a entrar en un estado casi de delirio. Al recuperar la conciencia vio que el barco estaba en medio de una tormenta, pero mantenía su rumbo gracias a un hombre ataviado con ropajes antiguos que sujetaba el timón.

Este personaje se presentó ante Slocum como el piloto de la Pinta, una de las carabelas de Colón, y le dijo que había acudido a ayudarlo al ver que estaba en dificultades.

Algo parecido sucedió a los Johansen, padre e hijo, mientras navegaban por el Atlántico en un pequeño velero a finales de agosto de 1900.

Una noche escucharon voces que aparentemente no venían de ninguna parte mantener una breve conversación cuyo significado no pudieron comprender. Días después, se desató una tormenta que los hubiese mandado a pique de no ser por la aparición de cuatro personajes con aspecto de lobos de mar de otra época que se hicieron cargo del barco. Mientras estuvieron al bordo del velero hablaron entre ellos y se dirigieron a los Johansen en un idioma que estos no conocían. Parecían también hacer señales a otros barcos invisibles.
A la mañana el tiempo mejoró y los cuatro marineros fantasmales se esfumaron, aunque volvieron a materializarse al llegar la tarde. Después desaparecieron para siempre: ya habían cumplido su misión.

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